Economía social o cómo hacer de la necesidad virtud

La crisis económica que hemos vivido y padecido desde hace ya hace ocho años ha aumentado la fractura social en todos aquellos hábitats en los que se ha manifestado. Barcelona no ha sido la excepción a una regla general que, a pesar de la existencia de tenues síntomas de recuperación, sigue expresándose con toda crudeza en sus barrios.

Las desigualdades en las rentas entre los diversos territorios que configuran el municipio y su área metropolitana se han ensanchado al tiempo que las medidas correctoras de esas diferencias, aplicadas como paliativo por unas administraciones también empobrecidas, se han revelado insuficientes a la hora de atender la multiplicación de unas necesidades básicas que el incremento del paro y, sobre todo, la precarización laboral han impedido cubrir.

En este contexto de dificultades, desde la base han surgido iniciativas que han hecho de la necesidad virtud y que comienzan a cuestionar el modelo económico vigente y a desenmascarar sus déficits y errores. Y en Barcelona, consecuente con esa función de laboratorio de nuevas ideas, de aplicación del talento, la creatividad y la innovación a la búsqueda de soluciones a los problemas, muchas experiencias que encuentran cobijo en la categoría de la economía social, colaborativa y solidaria se están abriendo camino en un ejemplo de sabia utilización de unas tecnologías de la información al alcance de gran parte de la población.

El informe La Economía Social i Solidària en Barcelona que el Ayuntamiento ha hecho público recientemente da una idea aproximada de la dimensión que está adquiriendo este fenómeno. Según los datos del Consistorio, en Barcelona se contabilizan ya cerca de 5.000 experiencias de economía social y solidaria, que representan un 2,85 por ciento del total de empresas de la ciudad, incluidas más de 1.500 ejemplos de la llamada economía colaborativa. Agrupan las iniciativas más diversas que uno pueda imaginarse, en un abanico de sectores que va desde el ámbito de las cooperativas en materia de salud o enseñanza hasta el de las entidades finanzas éticas, los bancos del tiempo, las mutualidades de previsión social, las distribuidoras de productos ecológicos y de comercio justo, los mercados de intercambio o los grupos de crianza compartida, por citar solo algunos.

Se estima que el sector genera ya en torno al 8% del total de la ocupación (más de 53.000 personas contratadas) y el 6% del Producto Interior Bruto de la ciudad. Una nueva transformación urbana en un tiempo récord, a una velocidad tan vertiginosa como los cambios sociales que están en el origen de estas iniciativas. Aunque en los próximos años asistiremos a la muerte de algunas de ellas (aquellas que no sean capaces de distinguirse suficientemente en un contexto de oferta muy amplia), esta nueva forma de entender las relaciones económicas, sociales, humanas en definitiva, ha llegado para quedarse, para conseguir el acompañamiento de las administraciones y para ir cambiando la cara (y el alma) de las grandes corporaciones empresariales apelando a su responsabilidad social. Es por ello que habrá que estar muy atento para que los buenos propósitos de impulsar modelos productivos justos que inspiran la inmensa mayoría de estas experiencias no se desvirtúen y acaben propiciando nuevas formas de precariedad.

Ramón Suné

Ramon Suñé