LA BARCELONA CUÁNTICA

Bajo la ciudad brillante y de éxito, late la vida más social y solidaria de la gran capital.

Barcelona. Ciudad de brillo, ciudad de éxito. La capital de Catalunya se ha convertido en un modelo cosmopolita, en un seductor punto del mapa europeo que atrae miradas de cientos de miles de turistas ávidos de goce y de disfrute, de cultura. La ciudad es también el imán de grandes inversores, marcas multinacionales y empresarios de postín que la eligen con entusiasmo como sede de sus operaciones, enclave de sus inversiones o punto de partida de su despliegue logístico en el Mediterráneo occidental. Congresos de móviles, del sector alimentario, de avanzadísimos especialistas médicos y científicos, ferias del sector de la construcción. Éxito, flujo de capital financiero y humano. Fulgor, sonrisas, felicidad. ¿De todos y para todos?

La crisis, que empezó siendo financiera en el 2007-2008 y ha acabado convirtiéndose en una emergencia social, ha amenazado con acabar de un plumazo con lo que varias generaciones han conseguido tras décadas de esfuerzo y lucha. El Estado de bienestar, un concepto en el que se han basado las democracias avanzadas, ha pasado a ser poco menos que un lujo que avergüenza reivindicar. Esa crisis económica y sobre todo social ha sacudido modelos, conciencias y estructuras, pero no ha afectado a todos por igual. Barcelona, pese a la convulsión de sus capas sociales más vulnerables, ha perdido solo una parte de su fulgor. En un momento en el que las administraciones tocaron la retirada y erosionaron los avances sociales con recortes o con la omisión de sus obligaciones, la ciudad ha resistido el envite con más entereza que otras. ¿Por qué?

Existe otra Barcelona, una Barcelona subterránea, oculta por los grandes fastos y oropeles de la próspera capital catalana. Una Barcelona de las personas, generosa, altruista y comprometida. Una Barcelona invisible de la que apenas se habla, pero que ha conseguido aguantar los cimientos de un rascacielos. Una Barcelona cuántica, compuesta de partículas mínimas difíciles de detectar y estudiar, pero con una fuerza prodigiosa.

EL VOLUNTARIADO

El principal componente de esa fuerza es el voluntariado. O mejor dicho, los voluntarios, las personas voluntarias. Cuando peor pintaban las cosas, una legión de personas han decidido dar lo que tienen, básicamente tiempo, y poner su capacidad, la que sea, al servicio de otra causa, de otras personas. Siempre se podrá decir que los voluntarios han acabado sirviendo para cubrir las carencias de las administraciones públicas. Pero, no nos engañemos, si Barcelona espera la ayuda pública sin echarse a andar, quizá se quede quieta para siempre. Hay voluntarios organizados en redes, en asociaciones, en bancos de tiempo y de capacidades. Hay voluntarios en organizaciones como Barcelona Actua (con cerca de 13.000 inscritos), en grandes empresas o corporaciones como La Caixa, pero también los hay ligados a pequeñas entidades, a microempresas o a entidades minúsculas. También existen lo que llamaré los francotiradores de la solidaridad, aquellos voluntarios que no están adscritos a ninguna organización pero que se movilizan ante cualquier necesidad.

Y del individuo, del voluntario, a la fuerza de la calle, de los barrios. ¿Sabían que Barcelona está plagada de animadores socioculturales? Precisamente en aquellas calles con mayor riesgo de fractura y donde la cohesión social está en un serio compromiso, estos personajes detectan cualquier señal de alarma, por mínima que sea, y activan la maquinaria de la solidaridad. Entidades como el Casal dels Infants (que empezó siendo del Raval pero ya es de toda la ciudad) podrían escribir libros sobre esta función. Barcelona está llena de agentes sociales que conocen cada rincón, a cada vecino y pueden señalar y actuar antes que nadie. Como los que forman parte de la iniciativa Radars, vecinos del barrio que saben detectar cuándo un anciano necesita que alguien le eche una mano. O la reconocida iniciativa Vincles, un novedoso proyecto que conecta informáticamente a familiares de personas en riesgo, trabajadores sociales y voluntarios. Otros ejemplos no han puesto nombre a su acción, pero se han hecho notar. En Barcelona se han constituido espontáneamente redes de asistencia y ayuda en barrios, manzanas y escaleras de vecinos. Son gente que no se han olvidado de mirar a los ojos a aquel que tienen más cerca.

¿Sabían que en Barcelona es una ONG (Arrels) la que se encarga de contar la población de personas sin techo que pernoctan en la calle? Y no es solo un censo. Es una estadística a partir de la cual se dimensiona la estrategia a seguir con las personas que no tienen un hogar. ¿Sabían que entidades como Cáritas o Cruz Roja han tenido que pasarse a las políticas activas de empleo a la vista del impacto brutal de la crisis en el mercado de trabajo? ¿Sabían que existe Arquitectos Sin Fronteras para asistir a las familias acosadas por la emergencia social vinculada a la vivienda? ¿Sabían que hay entidades, grandes, pequeñas y mínimas dedicadas a la lucha contra el estigma vinculado a las enfermedades mentales y a las discapacidades intelectuales?

Es la Barcelona invisible. Pequeña, pero que se hace notar. El salvavidas que ha mantenido a flote la ciudad. Les invito a verla. Solo hay que fijarse un poco.

Bernat Gasulla

Bernat Gasulla